Mostrando entradas con la etiqueta Caballitos de cañas. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Caballitos de cañas. Mostrar todas las entradas

jueves, 31 de julio de 2014

CINE CASABLANCA




-      He visto esta mañana en la Plaza de Abastos el carrito de Manolillo el de las carteleras y la peli tiene que estar guapa. –Nos dice Lorencito frotándose las manos sonriendo.
- ¡Hombre! A ti es que te encantan todas las películas de romanos. –Responde Rogelio cuando los cuatro  ya doblamos la esquina de nuestra calle con Santuario de la Cabeza.
Manolito “el Chico” viene andando por la otra acera de la calle comiéndose un helado napolitano, tan concentrado en ello que no nos ve.
-      Manolito, que  vas a tropezar con un árbol, mirando al napolitano. A ese ritmo no llega entero a tu casa. –Le digo haciéndole señas con la mano mientras seguimos caminando.
-      ¡Claro!, que si no mi madre me riñe si me ve con el helado, porque después me duele la garganta.

Dejamos atrás la Academia Rojas, ahora callada sin el bullicio de los días de clase escolar, pasamos por delante de la Plaza de Abastos, donde Lorencito vio las carteleras con fotografías de la película que veremos esta noche. Al pasar junto al kiosko de Vitoriano, Monti salta del grupo en silencio, como si algún dios romano le hubiera hecho señales que él sólo podía percibir, y se planta en el kiosko. Nosotros nos detenemos cerca de la Peña Sevillista y permanecemos en silencio, observando su regreso con el rostro sonriente, ondulando su cuerpo a ambos lados, saludando con la mano izquierda mientras con la derecha saborea un napolitano recién comprado.
-      ¡Anda que no eres nadie, Monti! –Le dice Lorencito mientras él saborea su helado en silencio, sonriéndonos.
-      Vamos a poner dos o tres pesetas cada uno, que vamos a comprar kikos. –Les digo a los tres.

  El albero, humedecido por el agua de la recalentada manguera media hora antes, nos recibe con cierto frescor, cuando la noche comienza lentamente a bajar y el olor penetrante de los jazmines en la entrada nos sitúa sensorialmente en el Cine Casablanca.
Una vez que el portero nos parte el ticket, buscamos el mejor sitio posible por el centro y no demasiado cerca de la pantalla. Una pantalla inmensa y blanca como el frío vaso de leche que tomé en la merienda. Las paredes encaladas dan un ambiente de frescura y pureza que al cobijarnos las estrellas nos envuelve en un mundo de aventura y misterio por el que el tiempo no traspasa.

-      La que vimos la semana pasada de El Santo Enmascarado de Plata sí que estuvo bien. –Nos comenta Rogelio.
-      Las pelis de Fuman Chú sí que están guapas. –Alza  la voz Monti con determinación, mientras nos sentamos en las recalentadas sillas.
-      La última que vi de Maciste estuvo regular. –Le digo a los amigos.
-      A mí me gustó. –Salta rápido Lorencito.
-      Es que a tí te gustan todas las que salgan romanos y espadas. Y si salen peleas de gladiadores, "no te digo ná", te vuelves loco.  –Le apunta Rogelio oportunamente, a lo que todos nos reímos.
-      Pero si Maciste cogía unos pedruscos enormes y los lanzaba a los “malos”, y se veía claramente que eran de goma por los botes altos que pegaban en la tierra. –Insisto en lo mío.
-      Eso es verdad. –Apunta Monti mirando la pantalla del cine de verano.
-      A mí me gustó. –Se reafirma Lorencito, sin dejar de moverse en su asiento.
-      Bueno,  a ver si la película de hoy, "Maciste guerrero de Esparta" está bien. –Les digo poniéndome de pie, mirando hacia las filas de atrás por si veo a alguna chica conocida..
-      Pasa los kikos. –Le dice Monti a Rogelio, sin dejar de sonreír..

Ha caído la noche, las canciones de Simon y Garfunkel que despiden los altavoces dejan de sonar, encienden el proyector, dos salamanquesas corretean por la pantalla antes de ser “destrozadas” por Maciste, nos miramos sonrientes y contemplamos el gran espectáculo de nuestro verano que comienza en el Cine Casablanca.

Así, nuestro particular espectáculo vivencial continúa, cuando el verano nos abre sus puertas como una película de aventuras y descubrimientos, siempre lleno de momentos especiales y únicos que perdurarán el resto de nuestras vidas.


          * Masmoc Utopía





           

miércoles, 18 de julio de 2012

¿TE IMAGINAS?



-         El Jabato es el que más me ha gustado desde que fui dejando de leer los Tío Vivo, Pulgarcito, TBO y demás. –Dice Luiso con claridad.
-         Hombre, Luiso, El Jabato está guapo, pero con el que mejor me lo paso es con El Capitán Trueno. Es parecido al otro guerrero, pero además se encuentra con más historias fantásticas, con personajes extraños…… y Sigrid está de miedo. –Le digo, ondeando con mis manos en el aire la figura y las curvas de la novia de mi héroe favorito.
-         Pues yo me quedo con Hazañas Bélicas. Las historias de la 2ª Guerra Mundial son más cercanas y reales. Las batallas son emocionantes. –Asevera Monti con una sonrisa.
-         Ya.. –Les digo, apoyado en el 850 de mi padre, aparcado en la puerta de casa.

Desde la puerta de la taberna El Punto se acerca hacia nosotros Alberto, con su andar cansino y gastado. Nos observa, con su mirada torva y los brazos en jarra; remangada la camisa blanca se aprecia claramente su tatuaje en el brazo, recuerdo de su antigua época de marino. Monti, Luiso y yo nos quedamos en silencio a ver por dónde sale.
-         ¿Hoy no queréis un vaso de casera fresquita? Hace calor y es lo que pega ¿no?
-         Es que no tenemos dinero, Alberto. –Le  dice Luiso, secamente.
-         No importa, el que quiera beber su vaso de casera fresquita que lo haga, y mañana pagará la peseta. –Responde con rotundidad.
-         Vale, me apunto.

Monti y yo guardamos silencio y también nos adentramos tras ellos en la taberna El Punto. La alfombra de virutas bajo nuestros pies nos hace sentir en territorio extraño, el olor concentrado por Baco en la estancia llega a su mayor intensidad a la altura del mostrador, su aroma se mastica. Alberto sirve un vaso de gaseosa La Casera y Luiso se lo bebe de un tirón, mientras algunos pajarillos revolotean entrando y saliendo del establecimiento.
Félix se asoma a la taberna desde la calle buscándonos, nos llama, y al verlo también Alberto le grita con énfasis –¡Felicín, mórdiles! –Félix  echa a correr en dirección a su casa y desaparece como una bala.
Sonreímos, nos despedimos de Alberto y volvemos a nuestro mundo perfecto, la calle.

Doy una palmada al aire diciendo –Asiento  "patrés" –y  al oír los demás la clave, nos dirigimos en silencio hasta nuestro lugar señalado, el escalón de entrada a un piso alto, junto al "Zapa", donde sólo cabemos tres, y algo apretados. Con el calor del comienzo del verano el denso olor a cuero y betún nos llega a oleadas intermitentes.

-         Los que sí me están gustando cada vez más son los nuevos, creo que les llaman comics, que tienen una forma diferente a los tebeos, es como un libro pero con las viñetas; los de superhéroes. Ya voy cogiéndole el rollo a los personajes y las historias son increíbles. –Les  comento, retomando la conversación de hace un rato.
-         A mí me gusta Spiderman. De superhéroe es la caña, y cuando no actúa como Spiderman, cuando es Peter Parker, no le salen las cosas demasiado bien. Dice Luiso.
-         A mí también es el que más me gusta y además tiene líos con las novias y se agobia bastante. –Confirma Monti.
-         Y lo que estaría guapo sería que vinieran en color, no sólo la portada. ¿No? –Monti y Luiso me dan la razón con un gesto de cabeza al unísono.
-         El superhéroe que más me gusta es Thor. –Les digo muy convencido. –Es diferente; llega a la Tierra a aprender de los humanos y a ayudarles. Me gusta su nobleza.

Nos quedamos unos instantes en silencio, cada uno de nosotros tres está recordando escenas de las historias de Marvel. Monti reinicia el diálogo.
-         Ahora, ¿os dais cuenta que hay poca gente que conozca a estos personajes superhéroes? Solamente a unos pocos nos interesa.
-         Sí. No son famosos como Superman, ni creo que lleguen a serlo.
-         O a lo mejor sí, Luiso. –Les digo, esperando su reacción.
-         ¡Anda ya! –Me  repiten los dos haciéndome gestos de que he perdido la cabeza.
-         Demasiada fantasía tienes tú. –Me dispara Monti.
-         Además, Superman es sólo uno. Aquí están Spiderman, Thor, Dan Defensor,La Patrulla X, Los Vengadores, Los 4 Fantásticos..... Muy complicado, demasiados superhéroes para este mundo. –Apostilla Luiso.

Se levantan los dos del asiento "patrés" casi al mismo tiempo.
-         Luiso ¿Te imaginas poder verlos en el cine?
-         Eso sería demasiado. –Me  contesta.
-         Eh, Monti ¿Te imaginas ir al cine a ver una peli de Spiderman o de Thor, o incluso de Los Vengadores? Poder ver a Spiderman en una pantalla de cine colgarse de sus telarañas y balancearse de un edificio a otro. Ver a Thor lanzar su martillo….
Me incorporo del asiento y me quedo mirándolos esperando alguna reacción.
-         Demasiada fantasía para eso. –Me dice Luiso, comenzando a andar.
-         Demasiada imaginación habría que tener. –Sentencia Monti con una sonrisa.

Junto a los adoquines, en la carretera de nuestra calle, unos zapateros revuelan cerca del charco dejado por un sifón medio vaciado de un camión de la fábrica de gaseosas La Juncal. La calle se va quedando solitaria. El calor sigue apretando. La sombra ya nos espera en casa. Es la hora del almuerzo.
Monti abre la cancela de su casa, adentrándose en el patio exterior diciéndonos. –¿Jugamos después una partida de monopoly?
-         Bien, buena idea – contesta Luiso.
Los dos me miran a ver qué digo, se quedan callados, esperando.
-         ¿Te imaginas verlos en el cine? ¿Te imaginas?
 Monti nos sonríe despidiéndose con un movimiento de su mano.

Luiso y yo caminamos en silencio rumbo a casa. Antes de entrar vuelvo al ataque.
-         ¿Te imaginas una peli de Los Vengadores?
-         Eso será cuando toree El Guindi. – Me dice iniciando una carrera.
-         Ya, pero...¿Te imaginas?.... –Y corro también intentando imaginar.



         *Masmoc Utopía



jueves, 5 de mayo de 2011

HAZAÑAS BÉLICAS


El teniente me hace señales para que retroceda unos metros y me una a él. La situación de nuestra misión está empeorando por momentos. Me arrastro por el suelo evitando los disparos de las dos grandes  ametralladoras, fijadas a tierra, que ya han acabado con las vidas de dos de los nuestros. Acompañado por mi buena suerte, al fin llego a la trinchera donde me espera el teniente York.
-         Sargento, no conseguimos avanzar. –El teniente me grita para salvar el ruido de las continuas descargas de balas. –Tenemos que tomar esa colina antes del anochecer, si no es así todo nuestro pelotón se irá a criar malvas.
-         Teniente, ya sólo quedamos nosotros dos.

El sol está ya muy alto, el calor sigue creciendo, la garganta reseca por falta de agua. El teniente se quita el casco y se seca el sudor de la frente con un pañuelo, mirándome como si estuviera esperando que saliera un milagro de mi boca.
-         Teniente, creo que debemos hacer un ataque a la desesperada, es nuestra única opción de cumplir la misión y, con algo de suerte, podremos salir vivos de esta.
-         Sargento, avanzaremos directos por el camino más corto hacia el enemigo.
-         Yo iré primero, mi teniente. Cúbrame.

Salto de la trinchera e inicio una carrera zigzagueando a izquierda y derecha, a la vez voy lanzando granadas de mano que me allanan el camino.
El enemigo se ve sorprendido ante esta acción suicida y cuando las dos ametralladoras intentan volver a escupir su fuego de muerte, el teniente las mantiene a raya con su continua descarga de disparos.
Por fin, llego a cobijarme tras un gran árbol, fuera de la línea de tiro de los nazis. Siento un dolor en mi hombro izquierdo y compruebo que una bala me ha alcanzado, aunque no es demasiado profunda la herida y puedo seguir en pie.  Me subo al gran árbol con rapidez y, desde mi privilegiada posición, observo que la ametralladora  más cercana guarda silencio para siempre; una de las granadas de mano que lancé acabó con su rugido de muerte y con sus conductores. Le hago señales al teniente de lo que he visto desde la copa del árbol; mi situación no ha sido detectada por los dos soldados, que continúan haciendo vomitar al otro monstruo de hierro y acero en dirección a la trinchera donde se encuentra mi compañero.
El teniente York deja de disparar y nuestros enemigos cesan su ataque. El calor es asfixiante y brota por todas partes. Este silencio suena como música celestial dentro de mi cabeza, y su melodía impulsa a mi voluntad a emprender una andanada de disparos febriles, desde las alturas del árbol, que sorprenden a los nazis.
De inmediato, el teniente lanza su casco por los aires y salta de la trinchera, sabiendo aprovechar mi ataque sorpresa, y llevando dos granadas de mano logra avanzar lo suficiente para lanzarlas, les quita el seguro con la boca y estas vuelan hacia los soldados enemigos….



-         ¡Niñooo! Baja del árbol que la comida ya está en la mesa. ¿Cómo podéis estar en el patio con este calor? – Mi madre nos mira inquisitorialmente esperando nuestra reacción.
-         Monti, se acabó la batalla – le digo a mi amigo, al tiempo que de un salto bajo desde el árbol níspero, dejo mi metralleta de plástico dentro de la pileta del centro del patio de mi casa, donde antes estuvo el teniente usándola como trinchera.
-         Me voy corriendo a mi casa que mi madre debe estar esperándome. –Me dice mi amigo Monti rápidamente, cuando ya andamos en dirección a la cancela del corredor de mi casa que da a la calle Virgilio Mattoni, nuestra calle. –¿Nos  vemos después y vamos a coger zapateros?
-         Vale, hasta luego. –Le digo mientras tiro del mecanismo que permite abrir la cancela a distancia y mi amigo inicia la carrera desafiando al sol del verano.

Cerramos un capítulo inacabado en nuestra aventura imaginaria de Hazañas Bélicas, a nuestra manera.
En nuestra mente se dibuja  “continuará…”

Tenemos el tiempo y el espacio; y sabemos cómo amoldarlos a nuestro antojo.
Jugamos.
Todavía sigo jugando……….




     *Masmoc Utopía

sábado, 23 de octubre de 2010

Surcando los mares

Aún se me eriza la piel cuando recuerdo aquel día. Pudo empezar de cualquier forma, incluso no se bien como llegamos, solo tengo imágenes desde el instante en el que abordábamos la embarcación desde un pequeño pantalán.
El patrón, mi padre, nos situó para que el viaje fuese lo mas agradable posible, y no sufriéramos ningún percance grave con el vaivén de las olas.
Luisa, mi vecina, nos acompañaba aquel día, y su retrato aún se mantiene en la retina de mis ojos, con un cabello negro y liso que mesaba una brisa marinera. Una imagen perdura en mí, inerte justo delante de nosotros se transformó en el mascarón de proa más bello que ningún navío tuvo nunca.
Unos nervios rebosantes de ilusión me hacían moverme más de lo apropiado y sufría diversos tipos de advertencia por parte de mis padres.
Recorrimos sitios fabulosos, puertos que yo imaginaba llenos de piratas, creía ver ciudades llenas de encanto y monumentos increíbles que jamás volvería a visitar, pasamos por puentes que sobre nosotros albergaban seres que parecían apuntarnos con sus armas.
Todo aquel viaje fue capitaneado por un padre que demostraba marinería en cada viraje, mientras yo desde la popa, donde me habían situado, gritaba a los cuatro vientos:
¡A estribor gira a estribor grumete que nos atacan!
Como todo momento que nos toca vivir, este también llega a su fin, y envuelto en la magia del viaje no me doy cuenta hasta que ya ha terminado.
Ya voy por el camino de tierra que linda el muelle, y un último recuerdo me quiero llevar de aquel día. Me vuelvo mientras aprieto con fuerza sobre mi pecho un sobre de papel donde todo un ejercito de soldaditos de plástico se apretujan unos contra otros, soldaditos que poco antes de mi viaje me había comprado mi padre, y veo unas barquitas que se despiden de mi junto a ese lugar tan maravilloso que Aníbal González fraguara para el disfrute de un niño como yo.

Tartessus Baobab

martes, 19 de octubre de 2010

PARTIDITO



Me tomo el pan con mantequilla y el vaso de leche, con ganas de terminar ya la merienda. Me separan unos minutos para salir a la calle y encontrarme con los amigos para jugar al fútbol. Las clases de la tarde, hoy han sido especialmente pesadas en el colegio Santas Justa y Rufina. La pelota parece mirarme desde un rincón de la cocina, como diciéndome que ha llegado el momento de salir pitando a la calle. Entonces, me levanto de la silla, dejo el vaso vacío en el fregadero y, caminando hacia la sonriente pelota, le digo a mi madre que salgo fuera un rato antes de hacer los deberes. A esta hora de la tarde incluso en la segunda cadena de la tele emiten programas, y eso juega a mi favor, por lo que solamente oigo el sonido del telefunken como despedida.
Mis amigos me ven llegar con la pelota bajo el brazo y algunos saltan y corren hacia mí. Lorencito camina detrás de ellos dando palmas y repitiendo a voz en grito “partidito, partidito…”. Les pregunto que quién echa pie conmigo para elegir equipos, a lo que Félix responde “pie entero, quepa o no quepa, las medias pa las mujeres” y se sitúa frente a mí, sonriente. Comenzamos a elegir jugadores. Mi amigo, y compañero de clase, Beja ha podido venir con su amigo Carlete. Mis amigos de la calle no saben lo bien que retiene el balón y los malabarismos que hace; lo elijo sin dificultad diciéndole “Beja, ya sabes, a hacer paredes igual que en el recreo del cole”.
En la carretera hemos colocado las dos piedras a modo de postes de portería de fútbol, midiendo antes la distancia similar en pasos. Hoy tenemos tres coches aparcados al lado de los adoquines, a los que también habrá que driblar, al igual que a los árboles de las dos aceras. Seguimos la regla no escrita por las que si viene un coche o una moto se para el juego, reanudándose cuando pase; si personas mayores entran en nuestro terreno de juego detenemos de igual modo el partido hasta que salgan de la zona. Comentamos que debemos tener cuidado con que la pelota no caiga en el balcón de la casa de en frente porque no volveríamos a verla. Monti avisa del peligro de que la pelota entre en el patio donde la Sara descansa tras las rejas, estirada en el suelo con sus cuatro patas, su hocico negro y su pelaje canela y azabache. Da miedo.
Comienza el partidito. Lorencito, cuando juega, es un fijo en mi equipo para la portería. Beja y yo hacemos varias jugadas con paredes cortas que desorientan al equipo contrario. Nos distanciamos en el marcador, ya vamos 5 a 2 a favor. Monti es muy veloz en carrera y aprovecha dos buenos pases para anotar dos goles más. Lo malo es que en el último de ellos se pegó un trancazo con un árbol y, al sangrar por la nariz, tuvo que retirarse, quedándonos con un jugador menos.
Joaqui, que es más listo que el hambre, aprovecha la situación. Se coloca en la defensa y cada vez que un ataque nuestro sale fuera de gol, Rogelio, el portero de su equipo,  le pasa rápidamente el balón y Joaqui lanza un puntapié a Leo, que espera pacientemente para quedarse solo ante Lorencito y este poco puede hacer para evitar varios goles. Claro que aquí no existe la regla del Fuera de juego.
Ahora, en mi calle, no existe otro mundo más que la pelota, los amigos, driblar, defender, correr, atacar y luchar por ganar el partidito. Para mí, no hay nada más allá del sentido de equipo junto con el esfuerzo con los demás, la armonía y el desarrollo del juego.
Tras un largo rato de juego, la distancia del resultado se ha reducido hasta el 7 a 6 a nuestro favor. Algunas madres ya se han asomado a la puerta para avisarnos de que ha llegado la hora de recogerse. En ese momento Juani pega un potente chupinazo que se colaba en nuestra portería, cuando me tiro al suelo y despejo el balón con la mano, no sin antes patinar por el asfalto con mis rodillas. “Penalti, Penalti,…” grita Javier, cerca de la jugada, mientras observo el color rojizo que comienza a cubrir mis piernas. No hay duda, es penalti.
Acordamos que la última jugada será el lanzamiento del penalti. Tendrán una posibilidad de empatar o ganaremos nosotros el partidito. Algunos de mi equipo comentan que debería ponerse otro portero más fiable para la jugada decisiva pero la mayoría no aceptamos eso. Beja me pregunta cómo estoy después de ver que la sangre llega ya a mis zapatos gorila. Le digo que estoy bien, que Monti está más chungo que yo porque todavía está cubriéndose la nariz con un pañuelo.
La noche ha caído, y escasas farolas iluminan débilmente la última escena del encuentro. Oímos el característico silbido llamando a retirada del padre de Juani y Joaqui desde la esquina de la calle con Santuario de las Cabezas. Mi madre se asoma a la puerta de casa y me lanza un ultimatum para que vuelva ya, pero yo sigo apurando los minutos finales. Joaqui, sonriendo, pone el balón en el punto de penalti imaginario, a siete pasos de la portería. Lorencito se coloca en el centro del marco, da una palmada y le dice que dispare cuando quiera. Joaqui inicia la carrera y le pega con potencia un punterazo a la pelota, yendo esta rasera y esquinada en dirección clara de gol.
Todos permanecemos en silencio presenciando la jugada. Y aquí es cuando nos sorprende Lorencito, lanzándose al suelo, haciendo chirriar el metal del aparato ortopédico que acompaña a su pierna al chocar con el asfalto de la carretera, logrando despejar la pelota con su zapato especial de suela gruesa. Impresionante.
Javier ayuda a levantarse a Lorencito del suelo y todos los de mi equipo saltamos y gritamos de alegría abrazando a nuestro héroe del partido, que sólo sabe reír nerviosamente mirándonos a todos con su rostro pleno de emoción.
Gran partidito.
La mayoría nos vamos retirando al tiempo que comentamos algunas jugadas ocurridas, sobre todo la última gran intervención de nuestro portero.

Mañana esperamos volver a jugar de nuevo; cualquiera puede ganar o perder, e incluso empatar, pero siempre jugamos todos. Y lo hacemos con el entusiasmo y la alegría que siempre nos da jugar un partidito de fútbol en nuestra calle.
Que nunca se acabe esta dicha.



* Masmoc Utopía

domingo, 3 de octubre de 2010

Caballitos de cañas

La niñez, mi niñez, perversos recuerdos inundan una mente que aún joven, se siente envejecer por la lejanía en el tiempo de las historias vividas.
Todos los detalles de momentos e incluso las historias completas que recuerdo de mi pasado, a veces me parecen ser imaginarias. Inventadas al amparo de un tiempo ya transcurrido, pero son mi pasado.
Toda una vida guiada por un hipotético destino que nos maneja a su antojo, al menos en eso nos basamos para justificar lo inapropiado de nuestra conducta en determinadas ocasiones.
Recuerdo un patio de vecinos, donde lo único en común que teníamos las familias que lo habitábamos era el servicio para hacer nuestras necesidades; yo privilegiado de mi tenía un trono blanco sobre el que depositaba mis sobras mientras toda una reina se encargaba de deshacerse de ellas.
Era un príncipe con dedicación absoluta a mi trabajo; este consistía en disfrutar de mi familia y de mis amigos, sobre todo pasando por la ineludible ocupación del juego continuo. Juego a cualquier cosa, a nada me negaba: piola, el coger, el esconder, palma arriba palma abajo…, y nuestro pasatiempo favorito, que consistía en saltar por bloques de mármol que junto a nuestra barriada, ya antigua para aquel tiempo, lindaba nuestro territorio.
¡Aprieta la caló! Niña tapona el desagüe que vamos a preparar una piscina para los crios. Y con un pequeño charco que se formaba en el patio disfrutábamos de una piscina imaginaria que desbordaba nuestra alegría.
Dicen que eran tiempos difíciles, que no poseíamos nada, que todas nuestras libertades estaban cercenadas; pero yo de eso no recuerdo nada, mis primeros años fueron tan felices que volvería a repetirlos sin saltarme ni siquiera el momento en el que mi madre, con alpargata en mano, me traía riñéndome desde la fábrica de mármoles.
Gracias doy una y mil veces a unos padres que me supieron dar lo único que de verdad necesita un niño, amor y un espejo digno en quien fijarse.

Tartessus Baobab